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La sirena y el
capitán
(María
Elena Walsh)
Había una vez
una sirena que vivía por el río Paraná. Tenía su ranchito de hojas
en un camalote y allí pasaba los días peinando su largo pelo color
de miel, y pasaba las noches cantando, porque su oficio era cantar.
En noches de luna llena por el río Paraná
una sirena cantando va.
Por aquí, por allá, el agua qué fría está.
Juncal y arena del Paraná,
una sirena cantando va.
Alahí se llamaba la sirena y, como era un poco maga, sabía gobernar
su camalote y remontarlo contra la corriente. A veces iba hasta las
Cataratas del Iguazú para darse una larga ducha fresquita llena de
espuma.
Después tomaba sol en la orilla y conversaba con los muchos amigos
que tenía por el cielo, el agua y la tierra. Ninguno le hacía daño.
Hasta los que parecen más malos, como los caimanes y las víboras, se
le acercaban mimosos.
A veces, toda una hilera de mariposas le sostenía el pelo y los
pájaros se juntaban en coro para arrullarle la siesta.
Hace muchos años de esto. América todavía era india: no habían
llegado los españoles con sus barbas y sus barcos. Las pocas
personas que alguna vez habían entrevisto a Alahí, creían que era un
sueño, y corrían a frotarse los ojos con ungüento para espantar la
visión de esa hermosa criatura mitad muchacha y mitad pez.
Una noche de luna, Alahí se puso a cantar como de costumbre, y tanto
se entretuvo y tan fuerte cantaba recostada en la orilla lejos de su
camalote, que no oyó que por el agua se acercaba un enorme barco con
las velas desplegadas. Los hombres del barco también venían
cantando.
Soy marinero y aventurero, vengo de España y olé.
Quiero gloria, quiero dinero y con los dos volveré.
Para mí será el dinero, la gloria para mi rey.
–¡Callad! –dijo el capitán, que era flaco y barbudo como Don
Quijote– Callad, que alguien está cantando mejor que vosotros.
¿Será quizás un pintado pajarillo cual la abubilla o el estornino,
capitán? –le dijo un marinero tonto.
–Calla, que los pajarillos no cantan de noche. ¡Tirad las anclas!
–¿Vamos a tierra, capitán?
–No, iré yo solo.
El barco amarró suavemente muy cerca de Alahí, que al ver a los
hombres extraños enmudeció y trató de deslizarse hasta su camalote
para huir. El capitán saltó a la orilla y la sorprendió.
Alahí se quedó quietita, muerta de miedo, mientras cundía la alarma
entre todos sus amigos.
–¿Quién vive? –preguntó el capitán don Gonzalo de Valdepeñas y
Villatuerta del Calabacete, que así se llamaba.
La sirena no contestó y trató de escapar.
–¡Alto allí!
El capitán alzó su farola y...
–¡Una sirena, vive Dios! ¿Estaré soñando? ¡Qué cosas se ven en estas
embrujadas y patrañosas tierras!
–Más raro es usted, señor –dijo Alahí–, todo vestido de lata y más
peludo que un mono, señor.
–Eres tan bella que paso por alto tu insolencia. Serás mi esposa y
reina de los ríos de España.
–No, señor, lo siento mucho pero no... Y Alahí trató de escurrirse
entre las hojas.
–¡Detente!
El capitán la ató al tronco de un árbol. En las ramas los pajaritos
temblaban por la suerte de su querida sirena.
–Haré un cofre y te encerraré para que no te escapes.
El capitán sacó su hacha y allí mismo se puso a hachar un árbol para
construir la jaula para la pobre sirena.
–Ay, tengo frío –dijo Alahí.
El capitán, que era todo un caballero, quiso prestarle su coraza,
pero no se la pudo quitar porque se había olvidado el abrelatas en
el barco.
A todo esto, los amigos de Alahí se habían dado la voz de alarma y
cuchicheaban entre las hojas, mientras el capitán talaba el árbol.
Varios caimanes salieron del agua y se acercaron sigilosos. Muy
cerca relampagueaban los ojos del tigre con toda su familia.
Cien monitos saltaron de árbol en árbol hasta llegar al de Alahí. Un
regimiento de pájaros carpinteros avanzaba en fila india. Las
mariposas estaban agazapadas entre el follaje. Las tortugas hicieron
un puente desde la otra orilla para que los armadillos pudieran
cruzar.
Cuando estuvieron todos listos, un papagayo dio la señal de ataque:
–¡Ahora!
Los monitos se descolgaron sobre el capitán, chillando y tirándole
de las orejas.
Los caimanes le pegaron feroces coletazos. Las mariposas
revolotearon sobre sus ojos para cegarlo. Dos culebras se le
enredaron en los pies para hacerlo tropezar.
El tigre, la tigra y los tigrecitos le mostraron uñas y colmillos,
porque no hacía falta más. Luego llegó el escuadrón blindado de los
mosquitos y obligaron al capitán a escapar despavorido y trepar por
una escala de cuerda hasta la borda de su barco.
–¡Alzad el ancla, levad amarras, izad las velas, huyamos de esta
tierra de demonios!
Mientras el barco soltaba amarras, los pájaros carpinteros
terminaron el trabajo picoteando las cuerdas hasta liberar a la
pobre Alahí.
–¡Gracias, amigos, gracias por este regalo, el más hermoso para mí:
la libertad!
Amanecía cuando la sirena volvió a su camalote, escoltada por cielo
y tierra de todos sus amigos. Allá, muy lejos se iba el barco de los
hombres extraños. Alahí tomó el rumbo contrario en su camalote y se
alejó río arriba, hasta Paitití, el país de la leyenda, donde sigue
viviendo libre y cantando siempre para quien sepa oírla.
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